Poesía dramática en estado puro para narrar la dura realidad


Millones de viudas viven hoy en condiciones inaceptables en La India, debido a una tradición de hace 2000 años, según la cual su libro sagrado las ha condenado a cientos de años de irracional injusticia por el hecho de ser viudas. En “Agua” encontraremos una magistral representación de estos sucesos, y seremos participes del día a día de una niña de ocho años y un grupo de mujeres, todas ellas viudas, que pagan por las creencias sociales de la época, donde las nuevas ideas de Gandhi surgen tímidamente. Una comunión muy elaborada de todos los ingredientes necesarios para tener un gran film: guión, ambientación y pinceladas líricas son algunas de sus puntos fuertes. Un puzzle formado por muchas piezas, que combinadas con maestría por Deepa Mehta, culminan la trilogía formada por “Fuego”, “Tierra” y “Agua”


Hermosos y casi paradisíacos paisajes abren el telón de este gran mosaico artístico, captados con bellos fotogramas, que se suceden a lo largo de la película. Colores en perfecta armonía crean una gran belleza para nuestros ojos. Iluminación casi siempre ideal, donde las noches, adornadas por velas, son también parte de la gran fotografía de esta película. Esto y su banda sonora, con una música hindú trasmisora de paz, dan ritmo y van creando un ambiente idílico para que comience una gran historia, literaria y triste, una gran mezcla de poesía natural y melodrama humanístico-social.


Chuyia es una niña de tan solo ocho años, que es obligada a contraer matrimonio con un moribundo, el cual fallece poco después; ella es entonces llevada por su propio padre a vivir en una vieja casa, donde un grupo de mujeres ha corrido antes su misma suerte. Tierna, rebelde y espontánea, se revela contra su situación con fuerza y coraje, y empieza su relación con el resto de los personajes. Sin perder en ningún momento el reflejo de esa realidad tan amarga, los sucesos son narrados con dulzura y toques de humor, esperanza y sentimientos que hacen que por momentos sea menos sufrida la realidad. Un guión original conduce la historia, combinando lo artístico y lo cotidiano, lo poético y lo vulgar, en definitiva, lo bello y lo odioso, en un para muchos predecible desarrollo de una aventura amorosa entre una de las protagonistas principales y un joven idealista seguidor de Gandhi . Aún así, el final no me parece ni tan típico ni tan tópico como algunos desean verlo. Es además el amor y el romanticismo otro elemento más que, por separado, logra dar esa profundidad literaria a una obra que se apoya en diversos temas (el amor, el sufrimiento, la reflexión) para conseguir un resultado global de gran valor.


Cabe destacar el injusto papel que a las mujeres toca representar a lo largo de la Historia, donde sin ningún fundamento lógico, sufren las consecuencias de culturas y religiones extremadamente machistas. Parece ser que el cielo y los requisitos para alcanzarlo, sean dos caminos que se alejan; el hombre disfruta de todas las comodidades; para llegar hasta él, la mujer sufre todas las atrocidades. ¿Acaso los viudos de la India deben de vivir en total abnegación? Los hombres se sitúan en el extremo opuesto a ello, y más que abnegarse deben de ir probando mujeres, las cuales, irónicamente, parecen provocar a los santurrones varones con cualquier simple gesto casual. Resulta increíble que todavía hoy, al igual que ayer, estas cosas pasen. Del mismo modo salta a la vista una doble moral totalmente hipócrita y absurda, donde las personas que se sitúan al mando se saltan todas sus sagradas creencias y las disfrazan para que parezcan justificables a los ojos de los demás. Está claro que la religión no es igual para todos, y parece ser que los que la inculcan son los que menos creen en ella, o quizás solo creen en sus beneficios.

Y la realidad que rodeó a esta película viene como anillo al dedo para cerrar esta reflexión. A los dos días de comenzar el rodaje de “Agua”, se desataron violentas protestas protagonizadas por radicales. Se acusó a la película de ir contra la religión hindú, los decorados fueron destruidos y tirados al río, y las manifestaciones se sucedieron en las calles de Varanasi. Ante las crecientes protestas y amenazas, el rodaje tuvo que ser suspendido. Cuatro años tardó la película en reanudarse, esta vez en Canadá, con un reparto totalmente diferente. Hoy como ayer, muchas cosas no han cambiado, la realidad sigue siendo sangrante, el fundamentalismo todavía marca el camino de la sociedad, y once millones de mujeres viven en condiciones inhumanas en estos ashrams. Podría decirse que el arma que las retiene, apuntando en este caso a su conciencia, es el miedo que su religión les enseñó, muchas de ellas se aferran “voluntariamente” a estas costumbres, ya que creen que si no lo hiciesen traicionarían los textos sagrados. Más parece una prisión que libertad de elección, esperemos que sus invisibles pero tan fuertes muros vayan perdiendo cada vez más su fuerza, para que la verdadera libertad se imponga al fin.

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