A principios del siglo XX, un compositor alemán se traslada a Venecia a disfrutar de sus vacaciones, tras el fracaso de su última obra. Allí pasará sus últimos días de vida, inmerso en un mar de sensaciones y deseos, donde la muerte se abre paso frente a la juventud y perfección de un joven adolescente, que el protagonista ama con pureza.
Uno de los temas centrales trata sobre la belleza, tanto en la vida como en el arte. Según lo que podemos ver aquí, ésta es creada por el espíritu, depende de los ojos quien la observa, del artista si es el caso. Así es como Gustav comienza a ver la perfección en el joven Tadzio, y abandona poco a poco su racionalización constante de los instintos y se deja sucumbir antes éstos, lo cual le atormenta por una parte pero lo empuja hacia sus últimas y dramáticas consecuencias, por otra. Todos tenemos nuestra propia interpretación de la realidad y sin duda lo bello es lo que cada uno entiende como tal, siendo por lo tanto un modo totalmente válido, el al mismo tiempo no escogido deseo de admiración del profesor. ¿Acaso escogemos de antemano y premeditadamente en qué lugares vamos a ver lo extraordinario? Esta posición se impone por ende a los que conciben el arte como algo que se percibe de manera sensorial e irrefutable, igual para todos. Esta forma de ver las cosas carece de valor ya que ni tan siquiera todos tenemos la misma percepción, y esas diferencias conducirían inevitablemente a múltiples conceptos. Además, aún dando por sentado lo evidentemente falso de que todos percibimos de igual forma, tendríamos que tener en cuenta para el resultado final, nuestra cultura, intelectualidad, educación y un sin fin de elementos íntimos y personales que de ningún modo podrían globalizar el arte como algo evidente e imponente o como algo indiscutible. Claro está que nuestros sentidos nos trasmiten lo que luego valoramos, pero es nuestro modo de ver las cosas, el juez último, siendo los primeros tan solo un medio.
Inmerso en un mar de sentimientos adversos debido a los prejuicios socio-morales, Gustav comienza a amar obsesivamente a Tazdio, quizás por ser la vitalidad, la fuerza, el resplandor o la pureza humana en sí. Todo esto es la contraposición con su espíritu, que se derrumba, se pierde en el final del camino, en un ambiente de gran decadencia y dolor existencial. Es también para él, un recuerdo vivo de sus momentos felices, de sus personas amadas, un recuerdo de la juventud al fin y al cabo .Y es aquí donde Visconti se apoya perfectamente en el arte, mediante el uso de una técnica exquisita, adornada por alusiones indirectas, detalles únicos y recursos de gran valor, como pueden ser metáforas y antítesis.
Mientras la juventud se abre paso ante los ojos de Gustav, empieza el relato de su vejez y su muerte lenta, “No hay pureza más impura que la de la vejez”, frase citada en esta película, explica por si sola, los acontecimientos .Una muerte sofocante en medio del siroco, es captada con una lentitud cinematográfica, para muchos exagerada, pero que tiene su explicación en la importancia que Visconti quiere dar a las escenas como obras de arte que deben de ser vistas con calma, para poder así captar tantos valiosos detalles. Predomina pues la importancia de cada imagen, sobre lo que sería el movimiento en busca de la trasmisión de acción, que es lo más usualmente visto en el cine.

La cámara juega continuamente con el acercamiento a los personajes, el zoom y el uso de teleobjetivos nutre un poco más a este film de una estética visual única. Así veremos grandes planos generales, que poco a poco se van transformando en primeros planos de la cara de Tazdio por ejemplo. Continuamente el gran centro de atención se dilucida poco a poco, dejando a todo lo demás, en un segundo plano sin importancia.
Otras veces logra Visconti crear valiosísimos efectos visuales como el de ver a los dos personajes prácticamente juntos cuando en realidad se van moviendo separados, donde Gustav nunca logra alcanzar, en un rodeo de columnas, a su amor platónico (una vez más la contraposición narrada a través de la técnica). Otro buen efecto es el de la escena final, donde Tadzio avanza adentrándose en el mar, sin parecer moverse. Nos trasmite así una sensación de lejanía casi alcanzable, o lo que es lo mismo, una cierta cercanía física, pero inalcanzable materialmente para Gustav.
Y todo aderezado en perfecta simbiosis con la música del Adagietto de la quinta sinfonía de G.ustav Mahler y una fotografía impresionante, llena de paisajes oscuros, tenebrosos y decadentes, que a pesar de componer una gris atmósfera, son dignos de ser disfrutados.
Y quizás el significado más importante del film se pueda resumir con el ocaso del Sol y especialmente con el momento en el cual los dos elementos más distantes y continuamente en contraposición, se alejan definitivamente. Hablo de la muerte y la vida, que es la culminación de esa juventud artísticamente venerada, inalcanzable, y esa vejez que se aleja de lo puro. Es por ello que el último ocaso, siendo este una metáfora ahora, se produce en el mar, fuente inmensa de vida, a la luz del Sol, el elemento que ilumina esa existencia, y que en su puesta simboliza el final.
Detrás de todo esto se pudiese producir un nuevo debate sobre ese concepto de belleza, lo que en realidad sería detenerse en principios morales, cerrándose en algo extra artístico para valorar este film. Mas yo creo que el fin de la película es mostrar, trasmitir, enseñar y especialmente provocar sensaciones, con una realidad tan válida como cualquier otra, que se hace infinita con la elaboración que solo un genio como Visconti pudo conseguir. Cerrarse en debates morales es un pobre premio para lo ofrecido por el director italiano, y no una tarea del artista, y de esta, su gran obra

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